Castillos de arena.
Una búsqueda de lo sublime en la descomposición.
Sucede que en momentos de desencuentro, cuando la suerte se troca y parece no haber ningún abrazo fraternal o maternal que nos ampare, se nos muestra lo real tal cual es. Ante la derrota, el duelo, el agotamiento o una simple reflexión absurda, el mundo de significados en el cual comúnmente habitamos se desenvuelve y nos resulta indiferente. Al caer el velo, podemos sentir en cada músculo de nuestro cuerpo y percibir desde cada sentido la descomposición del mundo. El absurdo de la vida se hace manifiesto.
Es un hecho físico que el mundo material está en constante decadencia, lo único seguro de toda forma de vida y de voluntad es que está destinada a su propia muerte. Todo es abarcado por esta lógica, no se agota en una pérdida concreta, ni en nuestra vida, ni en la vida de nuestra especie, ni en la Vida —en su totalidad—; es el universo mismo el que está en un constante agotamiento. Nada provoca más repulsión que la visible putrefacción de un mundo que inicialmente nos era familiar. Generalmente, intentamos superar la corriente entrópica que rige al tiempo y la materia mediante tres vías, a saber, lo inmortal, la nada y lo eterno.
Respecto a lo inmortal decía Hannah Arendt que “Por su capacidad en realizar actos inmortales, por su habilidad en dejar huellas imborrables, los hombres, a pesar de su mortalidad individual, alcanzan su propia inmortalidad y demuestran ser de naturaleza «divina»”.1 Si bien es cierto que parte del repertorio de acciones de nuestra vida tienen efectos que trasgreden los límites de nuestra muerte individual, se peca de optimista si se piensa que estos no encontrarán también la muerte en algún momento.
Con las acciones inmortales —que son inmortales solo en cuanto nuestra propia muerte— solo se gana más tiempo en función del constante deterioro de todo lo que nos rodea; pero eventualmente, el efecto de nuestras acciones, como todo lo ocurrido en el orden material, están condenadas a perecer.
Podemos vernos seducidos también por la nada. Es decir, el deseo de que el universo complete efectivamente su envejecimiento y muerte. Parece contraintuitivo, pero esto sucede dado que la nada no nos repugna en sí misma, lo que nos agobia es la noción de que algo que estimamos encontrará su inevitable corrupción y final. El problema no es en sí la nada sino el camino hacia esta.
Se abraza esta noción cuando se tiene un deseo (parcial o total) de muerte, el suicidio se nos presenta como una forma de acelerar —y en consecuencia acortar— el sufrimiento. Suicidarse como negación de la vida no implica tan solo claudicar en el uso de la propia voluntad; de alguna forma, implica una negación parcial de la realidad. Decía Ortega y Gasset que la vida es realidad radical, ya que lo que hay está compuesto al mismo tiempo por afán de vivir y por las circunstancias que rodean a las proyecciones que hacemos.2
Razonando de forma similar a Camus, el suicidio implica entonces negar la naturaleza de una de las dos partes que constituyen la realidad —la vida—, concretamente, no se niegan las circunstancias sino el afán de ser. Es por así decirlo un atajo o un engaño —propio de la falta de carácter—.
La tercera posibilidad es lo eterno, que es en su esencia lo intemporal. A lo largo y ancho de la humanidad han existido siempre mitos y religiones que remiten a lo eterno. Esas imágenes de un mundo que escapa de la lógica cíclica y decadente del tiempo nos transmiten paz y un sentimiento de familiaridad.
Pero sucede que si no se cree en Dios, o si se siente que este lo ha abandonado; lo trascendente se ve contaminado por lo material. En este caso, la única noción de eternidad que nos queda —dada su intemporalidad— es el presente.3
Cuando en determinado momento desconfiamos de la trascendencia divina y de la inmortalidad de los actos, damos cuenta de la realidad radical de nuestra vida. Se afirma la vida sin el velo del lenguaje ni de nuestros afectos, sin ir hacia la nada o hacia abstracciones que nos trasciendan sino a lo que efectivamente hay.
Nótese que al principio dije que el absurdo se siente en cada músculo y en cada sentido; cuando uno da cuenta de esto dimensiona no solo el sufrimiento que lo asecha sino una noción que es más patente que nunca. El absurdo, al sentirse en nuestra propia carne, no es solo señal de la naturaleza del mundo material sino al mismo tiempo un recordatorio de nuestra vitalidad corporal y presente.
Esta reafirmación de la vida no es necesariamente agradable, coincido con Camus cuando dice que es una comprobación amarga de nuestra propia existencia.4
Este sentido intrascendente de lo eterno se alcanza sobre todo mediante la contemplación estética —destacando dentro de esta, la meditación—, porque nada nos demanda una mayor atención hacia el presente. En estas actividades nos invade el sentimiento de lo sublime que es el sentimiento más propiamente eterno. Pese a ser un fenómeno esencialmente estético, lo sublime tiene efectos fortísimos en todos los órdenes de la acción humana, ya que “en presencia de lo verdaderamente sublime, nuestra alma se eleva espontáneamente, y arribando, si puedo hablar así, como a una especie de encumbrado enajenamiento”.5
Lo eterno entonces no se agota en sí mismo: incluso las acciones “inmortales” están movidas en el fondo por este tipo de experiencias. Lo sublime tiene una potencia movilizadora que, ante el absurdo del mundo, lo dota de significado. Esto no se limita a la simple contemplación, sino que —como observó Sorel— enaltece la voluntad de actuar, eventualmente convirtiendo a cada hombre en un héroe y a cada comunidad en protagonista de una epopeya homérica cristalizada en imágenes eternas.6
Artistas, reyes, filósofos; todo aquel que ha destacado en la historia ha sido impulsado por alguna noción de lo sublime. Para el hombre en el campo de batalla por ejemplo, vale la pena morir por su patria, ya que este elevado sentimiento es la justificación misma de su vida. En el fondo lo sublime es una forma de afecto—con un fuerte componente estético— que ya no se caracteriza solo por su belleza sino también por ser deslumbrante —y en ocasiones movilizante—.
La apreciación estética es entonces esencialmente amor —entendiendo el amor en sentido amplio como una alegría de que algo en específico exista—. Cuando admiramos la belleza de algún fenómeno del mundo —la naturaleza, una obra de arte o más frecuentemente, una mujer—, nos alegramos de que exista. Sabemos que el tiempo lo borrará, pero el hecho mismo de su temporalidad le da valor a su existencia presente, justamente por su escasez. En última instancia la emoción estética es la afirmación más presente, sublime y eterna de la vida humana frente al absurdo. La estética es una rebelión contra la descomposición, es por esto mismo una reafirmación vital. Mediante la contemplación estética nos alegramos en el fondo no solo del fenómeno que apreciamos sino de la existencia del mundo que lo contiene y al mismo tiempo de la existencia de nuestro punto de vista que nos permite deleitarnos de ello.
Absortos por la contemplación, le encontramos valor al mundo. En ella se afirma también lo maravilloso de nuestra experiencia vital ya que sin esta no podríamos descubrir la beldad de las cosas. Siendo esta emoción entonces la afirmación más pura de nuestra propia vida y del mundo, me arriesgo a afirmar que todo lo estético es vital y todo lo vital es estético.
Observar la eternidad permite tomar perspectiva y revisitar la propia vida como si fuera ajena. Pasada la tormenta no queda otra cosa que calma, es así que volvemos al lenguaje, a los signos y a los afectos pero transformados.
Cada reflexión amolda el carácter y cada derrota genera un cambio irreversible en la propia biografía. Así como la piel se cubre con el tiempo de marcas y cicatrices, el espíritu madura al mismo tiempo que se acerca en cada instante más a la muerte.
Intentar detener el tiempo o retroceder solo genera más sufrimiento y una negación de lo que uno debe ser. No se puede volver a un estadio anterior. Solo la aceptación estoica de que se ha perdido un pedazo de vida, permite continuar y revalorizar lo que nos queda de la misma.
Toda derrota que no implique nuestra propia muerte nos empuja a llenar el futuro con actividades vitales, ya sean eternas o inmortales. Las acciones inmortales proceden de lo sublime, pero —a diferencia de lo eterno— exceden la intimidad de la conciencia y se proyectan sobre el mundo, transformándolo. Sin tener el optimismo de quien piensa que la vida de la especie es eterna, se puede valorar aun así lo “inmortal” con plena conciencia de su cariz temporal —es decir, que no es inmortal en sentido estricto—.
Lo que importa en nuestras acciones no es tanto la trascendencia definitiva frente al paso del tiempo, sino sencillamente que sus efectos excedan la propia individualidad. Esto es así ya que no tiene sentido pensar la vida en términos impersonales, el hombre no necesariamente busca salvar a la humanidad, sino hacer el bien a quienes más aprecia y estima:
Al que pide pan
Doy pan y puchero
Y el honor de salvar al mundo entero
Se lo dejo a los genios y a los reyes—Como los bueyes, Pedro Bonifacio Palacios.
En lo más profundo de lo humano está ese sentimiento heroico y sublime de continuar la lucha por la existencia y de llenar esa existencia con eternidad e inmortalidad. Pese a que el mundo material es decadente y repulsivo, es la vida —y no la materia— la realidad radical. La vida sucede en una danza dialéctica entre el ocaso material y la inquebrantable voluntad humana; cuya lucha no se termina hasta la última derrota (que es evidentemente, la muerte).
Es justamente la desagradable realidad material la que pone de relieve el valor de la vida humana —no genéricamente, sino en términos personales—. Cada ser humano es un punto de vista irremplazable, un adalid de realidad, un creador de experiencias estéticas y morales con valor intrínseco; dichas experiencias no son solo una capacidad sino una necesidad propia de nuestra condición. Del instinto de auto-preservación —que no se limita al individuo sino que se extiende a la comunidad— se desprenden los sentimientos morales y estéticos. Es justamente la racionalización de los sentimientos estéticos y morales lo que permite a la naturaleza humana exceder parcialmente la lógica de la decadencia y dotar al mundo de una belleza representada. Se reconoce el mundo como pésimo, al mismo tiempo que se le opone la fuerza de lo sublime.
Así, conscientes de nuestra finitud, no nos dejamos seducir por las simplezas del derrotismo ni del optimismo; sino que abrazamos un auténtico pesimismo por la vida. Es así que, hasta la muerte continuaremos construyendo castillos de arena, sabiendo que estos serán arrastrados por los oleajes de la historia.
Arendt (2009). La condición humana. Barcelona, Paidós.
Ortega y Gasset (1958). El tema de nuestro tiempo. Madrid, Revista de Occidente.
Esto ya lo señaló Wittgenstein, en el postulado 6.4311 de su Tractatus Logico-philosophicus: “La muerte no es ningún acontecimiento de la vida. La muerte no se vive. Si por eternidad se entiende no una duración temporal infinita, sino la intemporalidad, entonces vive eternamente quien vive en el presente. Nuestra vida es tan infinita como ilimitado nuestro campo visual.”
Camus (1985). El mito de Sísifo. Madrid, Losada.
Longino (1863). De lo sublime. Buenos Aires, Imprenta de mayo.
Sorel (s/f). Reflexiones sobre la violencia. Buenos Aires, La Pleyade.


